sábado, 30 de julio de 2016

He dedicado la mayor parte de mi tiempo este verano a ir a la playa.
Encuentro en el mar una especie de catarsis. Allí, el tiempo se paraliza, o se acelera, la verdad es que no lo tengo muy claro, pero transcurre de una manera diferente, eso seguro. 
Lo que más me gusta del mar es el parecido que veo en él conmigo.

El mar está constantemente cambiando, es impredecible. 
Un día, es pura calma. El azul acaricia las rocas con una extrema delicadeza. Llega a la orilla suavemente, como pidiendo permiso para irrumpir en la arena y pidiendo disculpas por eliminar algunas huellas.
Otro día, en cambio, el mar despierta furioso, golpeando como con rabia en las rocas, produciendo unas olas que mientras rugen se llevan con ellas todo lo que encuentran.
Son dos imágenes totalmente diferentes pero que me conmueven casi a partes iguales.

Desde pequeña he sentido que el mar y yo tenemos mucho que ver. Siempre que voy me gusta levantar toda el agua que puedo con mis manos y observar las pequeñas gotas que se forman en el aire, que solo existirán durante unos segundos. Procuro observar a cada una de ellas. 
Eso me recordó a lo efímeras que son algunas cosas en la vida.
Surgen de un gigante azul, algunas se elevan a lo más alto y en cambio otras no levantan más de un palmo de la superficie. Cada una de ellas tiene una forma especial y un tamaño diferente. Y estoy segura de que si tuvieran la facultad de pensar, pensarían que van a vivir para siempre, ajenas a la inexorable caída que en breves va a tener lugar. Todo ello pasa en unos segundos. A esto me refiero cuando digo que el tiempo en el mar transcurre de un modo diferente, especial.

Habrá gotas de diferentes tamaños, gotas que se acerquen más al cielo y gotas que apenas sean capaces de descubrir lo maravilloso que es volar. Habrá gotas parecidas entre ellas, pero nunca habrá dos iguales.
Lo mismo pasa con las personas. 
En un lugar gigante que es nuestro planeta, de repente aparecen personas que nos elevan a lo más alto, que nos sacan de ese conjunto de personas del que formábamos parte y nos hacen sentir especiales, volamos, creemos en la eternidad de ese momento. Pero suele pasar que de pronto todo se esfuma, esas personas desaparecen y tú vuelves a la realidad, a formar parte de un lugar que te parece demasiado grande en el que hay demasiada gente pero muy pocas personas. 
Así de efímeras son algunas cosas en la vida.

Volviendo al mar, hace poco estuve allí con dos personas que son dos de las gotas más especiales que he visto jamás. 

Allí observé cómo mientras caminaba por la orilla iba dejando mi huella, huella que creí imborrable e inalcanzable para las olas. Pero de nuevo el mar me sorprendió rugiendo y golpeando en la orilla, y cuando volví a mirar, mi huella había desaparecido. 
Me hizo pensar en lo insoportable que es para mí pensar que mi huella pueda desaparecer tan rápido, no solo en el mar, sino en algunas de las vidas por las que piso. En lo horrible que es pasar de ser algo vital a algo que se ha esfumado, algo que cada vez cueste más recordar, algo reemplazable. En lo corta que es la existencia de algunos sueños que se truncan por culpa de algunas olas que por su cuenta han decidido que es hora de poner los pies en la tierra y se empeñan en que dejes de creer. En lo duro que es aceptar una realidad que nos daña el alma. En cómo a veces nuestros planes no tienen el final que esperamos o merecemos. 

En todo ello pensé.

lunes, 18 de abril de 2016

No es irse de cervezas.
No es un viaje.
No es presión.
No es inseguridad.
No es desconfianza.
No es fingir ser otra persona.
No es ficción. 
No es de vez en cuando.
No es solo en lo bueno.
No es dudar.
No es guardarte tus pensamientos.
No es incomodidad.
No es llorar a solas.
No es infravalorar.
No es miedo.

No, eso no es.

Es querer con el corazón.
Es abrazar.
Es ayudar.
Es preocuparse.
Es cuidar.
Es proteger.
Es poner motes cariñosos.
Es libertad.
Es seguridad.
Es confianza.
Es crecer.
Es llorar con la cara descubierta. 
Es pensar en voz alta. 
Es unión. 
Es apoyar.
Es estar 24h.
Es verte a las 8 de la mañana en un coche hablando de un problema.
Es reír. 
Es, a veces, llorar.
Es agradecer.
Es perdonar. 
Es tu segunda familia.
Es priorizar.
Es dedicar tiempo.
Es querer cumplir sus sueños.
Es alegrarse cuando se cumplen.
Es salud.
Es magia.
Es fuerza.

Sí, eso y mucho más, es.




Amistad